viernes, 3 de febrero de 2017

El Artesano de la Belleza

Tras haber desplegado una vasta exposición de aquella tendencia parnasiana que se ha dado en llamar "helenista", este mes toca el turno de emprender la misma tarea con respecto a su tendencia "fantasista" o "galante". Y del mismo modo que Leconte de Lisle fue el poeta par excellance del helenismo parnasiano, nuestro poeta de hoy, Théodore de Banville, lo fue del fantasismo parnasiano.


Ambas tendencias están claramente diferenciadas en cuanto a temática, fundamentalmente, que no así en cuanto a técnica y manejo de los recursos poéticos y literarios al alcance del artista. De la predilección que muestra Leconte de Lisle por ambientar sus obras en remotas épocas y remotos lugares del pasado (Grecia, Roma, la India preislámica, el Egipto faraónico...), pasamos a la estricta circunscripción de Banville tanto a su patria natal, Francia, así como a los tiempos "felices" más recientes, que permanecen vivos aún en la memoria de sus coetáneos: el último período monárquico de esplendor de las artes, previo a las turbulencias revolucionarias, el del Versalles borbónico y la pasión por el Rococó. 

En efecto, las obras de Banville se caracterizan por su frescura y su jovialidad (me atrevería a llamar "intrínsecas"), así como por una fluidez del discurso absolutamente genial. En lugar de las largas y solemnes tiradas de versos de Leconte de Lisle o del más veterano Víctor Hugo, cuyas odas avanzan igual que los lentos y engalanados elefantes de los príncipes hindúes, nuestro fantasista prefiere las cortas e ingeniosas baladas, cuyas florituras nos evocan la flexibilidad llena de gracia y picardía de un saltimbanqui ambulante. Pierrot y Scaramouche son los protagonistas de estas rimas siempre desenfadadas y siempre risueñas -incluso en la melancolía, que así se presenta como añoranza pasajera en lugar de como tristeza patética-; siempre brillantes y siempre musicales; siempre sorprendentes... y siempre perfectas.

Pues un Banville frisando la cincuentena, fue el autor del "Pequeño tratado de poesía francesa", del año 1872, donde, en un apartado, reseñó las que, a su entender, eran las únicas licencias que un rimador podía permitirse en el ejercicio de la versificación: NINGUNA. Tenía por principio escribir sólo estrofas, desde el más sencillo pareado de dos versos, hasta las más complicadas estructuras, en las que la rima siempre debía ser consonante, y el número de sílabas y acentos, constante. Por eso, cuando los simbolistas comenzaron a tomarse a la ligera las reglas poéticas, procuró distanciarse de ellos y mantenerse fiel a la paciente laboriosidad con que había emprendido la composición de todas y cada una de sus entonces admiradas y aplaudidas rimas. Él adoraba el juego poético, es evidente que disfrutaba como un niño experimentando sin descanso con las rimas y los ritmos, haciendo malabarismos lingüísticos y piruetas sonoras: pero siempre con sujeción a unas reglas, y con la vista puesta permanentemente en la Belleza como inspiración única y suprema.

Sin embargo, este alto grado de exigencia consigo mismo y con sus propias creaciones, propio de un artesano minucioso, no le impedía mantener la amistad con otros poetas que pudieran representar tendencias diferentes -incluso diametralmente opuestas a la suya. La familia de Banville era oriunda de Moulins, en el centro de Francia, aunque él se crió y educó en París. Entre sus primeras amistades figuran Víctor Hugo y un todavía romántico Théophile Gautier, que le animaron a seguir una carrera literaria. Durante toda su vida, Banville se ganaría la vida fundamentalmente como periodista y crítico de arte, igual que Gautier; aunque también tendría una temprana y casi precoz irrupción en el panorama editorial con sus dos primeros recueil de poemas: "Les Cariatides" y "Les Stalactites", en 1842 y 1846, respectivamente. Luego hay un largo período de diez años de silencio, hasta la aparición en 1857 de las "Odas funambulescas", que le consagrarían como poeta de primera fila, poseedor de un estilo original y atractivo para las nuevas generaciones. El éxito se multiplicaría en años sucesivos con la representación de buen número de obras teatrales (el trabajo literario mejor remunerado de todos) y la eclosión del movimiento parnasiano, del que Banville se convirtió en inspirirador incuestionable. Casi coinciden en el tiempo la primera edición de "Le Parnasse contemporain", y la que el artista consideraba su mejor obra: "Les Exilées", de 1867. A partir de entonces, Banville se consagra por entero a la creación. Llega a editar o estrenar, al menos, una obra cada año hasta su muerte, consiguiendo siempre grandes ventas o grandes aforos, independientemente de que se trate de obras dramáticas, colecciones de poemas o de cuentos breves. Sus poemas, por cierto, son los predilectos de los compositores franceses de la época, sin distinción de estilo o tendencia.

También Baudelaire le tenía en gran estima, y le apodó "el poeta de la felicidad". Verlaine le imitó frecuentemente, como puede comprobarse en sus banvillescas "Fiestas galantes"; pero no fue el único que se aproximó mucho a él. Un jovencísimo Arthur Rimbaud, con sólo 15 años, le envío varios poemas, rogándole primero que le recomendara ante el editor Alphonse Lemerre; y después, cuando proyectó trasladarse a París en 1871, en plena efervescencia de La Comuna, que le acogiera en su propio hogar, cosa que el bondadoso y paternal Banville hizo (acertando a valorar el talento del joven belga). Pero el carácter de un enfant terrible no podía acomodarse al de su anfitrión; y no había transcurrido un año de conocerse, cuando ya Rimbaud se distanciaba del frustrado maestro y de sus enseñanzas, radicalmente opuestas a su espíritu rebelde, llegando incluso a publicar un poema muy crítico contra él.


Nosotros, sin embargo, nos quedaremos con lo mejor de Banville: su profundo amor hacia su arte exquisito y perfecto, y su siempre alegre y franca devoción (¡términos que el divino Apolo no considera incompatibles, ni mucho menos!) por la suprema Belleza.

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