viernes, 4 de noviembre de 2016

El Sumo Pontífice de la Belleza

Si concluía el mes pasado comentando la figura de Villiers, el menos parnasiano de todos los parnasianos, este mes lo inauguro refiriéndome a su máxima figura –a su prototipo, al autor que encarna las virtudes del Parnaso poético del modo más puro y coherente: Leconte de Lisle.

Si bien se da la paradoja de que, en el plano de la técnica versificadora, Villiers fue uno de los primeros seguidores de Leconte de Lisle, no podríamos hallar dos creadores más distanciados en el plano ideológico o teleológico. Si a ambos se les hubiera hecho la pregunta siguiente: “¿A quién sirves?”, no cabe duda de que la respuesta de Villiers hubiera sido (al igual que la del mítico Perceval): “A Cristo”; mientras el que muchos historiadores han considerado su “maestro”, por el contrario, hubiera contestado: “Desde luego, a Cristo… NO”.




La biografía de Leconte de Lisle resulta bastante prosaica, y quizá una de sus peculiaridades más notables sea el haber nacido fuera de la Francia metropolitana -en la isla Reunión, situada en el océano Índico. Su infancia y juventud se hallan a caballo entre los viejos parajes de Bretaña y las paradisíacas costas tropicales, ya que su acomodada familia vivía por temporadas en uno u otro lugar. Su vocación artística, como en muchos otros casos, chocó con los proyectos de futuro de sus padres: le destinaban a la abogacía, pero él se decantó por las letras. Este sentir antagónico, que rompe con las inclinaciones seculares de su estirpe, se vislumbra sobre todo en sus ideas políticas y religiosas. Mientras aquéllos poseían plantaciones fuera de Francia, cultivadas por esclavos de color, él se unió a las voces que exigían la abolición de la esclavitud… a pesar de que el triunfo de esa postura le acarrearía irremisiblemente la ruina y la pérdida de prestigio de su apellido. Coincide en esto con otros artistas de su tiempo que se hallaron en situaciones semejantes; como el compositor ruso Modest Mussorgsky, hijo de terratenientes de rancio abolengo, pero también acalorado defensor del fin de la servidumbre de los campesinos bajo el régimen zarista. Loable actitud, ¡pero cien veces más loable cuando no resulta gratuita! Hay que tener muy presente que Lisle y Mussorgsky fueron hombres que pagaron su sentido de la justicia y la renuncia a sus privilegios con una vida de penurias. En el caso de Lisle, su compromiso con la democracia y las primeras manifestaciones del socialismo en Francia, incluso le llevaron a combatir en 1848 a favor de los revolucionarios -y a sufrir pena de cárcel, en consecuencia. Pues, a diferencia de otros, que sólo "combatieron" metafóricamente con la pluma, él sí que se batió en primera línea de combate, ocupando las barricadas.

Hombres así, qué duda cabe, están forjados en la perseverancia y hechos de una sola pieza. No es fácil hallar, en sus obras, ni los habituales titubeos del artista en evolución, ni las veleidades pasajeras propias de un carácter inconstante. Ostentan una personalidad muy marcada, su estilo está claramente definido, y todas sus creaciones llevan un sello inconfundible. Por eso, cuando Leconte de Lisle adoptó como principio poético la sujeción a las reglas clásicas de la versificación, y como objeto la reproducción de los modelos artísticos de la Antigüedad, llevó esta inclinación hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose en el poeta formalista por antonomasia de la literatura francesa.

En su trilogía poética -“Poèmes antiques”, “Poèmes barbares” y “Poèmes tragiques”- se aprecia una impecable unidad de estilo, temática y estética (pese a haber más de diez años entre la composición de cada recueil). Adoptado un molde, se pueden plantear innumerables variaciones sobre él, sin que la reiteración del procedimiento en sí tenga por qué ir en detrimento de la originalidad de cada obra resultante. Para alcanzar la perfección formal, el creador ha de dedicar muchísimo tiempo y esfuerzo: una tesis que defendió a ultranza este gran “rimador”, y que chocaba frontalmente con las pretensiones de inspiración y espontaneidad de sus antecesores, los poetas románticos. Mas no pensemos que fuera ésta la actitud de un individuo excéntrico y aislado; pues hubo muchos otros que, en mayor o menor medida, asimilaron como propio este código de conducta artística. E incluso el gran poeta romántico, Victor Hugo, llegó a convertirse en el mayor impulsor de la candidatura a la Académie Française de Leconte de Lisle (¡el gran poeta parnasiano, curiosa paradoja!). Pero tal vez sea más fácil comprender la admiración de Victor Hugo, el autor de "Les orientales", si se tiene en cuenta el pasado fourierista de Leconte de Lisle y si se leen sus obras. Cosa que en Francia no se ha hecho con demasiada frecuencia, ni en el siglo XX ni en lo que llevamos de siglo XXI, ya que el poeta de la impersonalidad radical no es del agrado de la clase de intelectual egotista que ha predominado en ese período. Pero, ¿por qué?

En el prefacio a su primer libro de poemas, Leconte de Lisle se expresa de forma meridianamente precisa sobre lo que muchos antes que él habían presentido -pero que sólo él puso por primera vez por escrito, y asumió como un orgullo en lugar de como una maldición-; a saber: que los poetas han dejado de ser escuchados, han dejado de ser tenidos en cuenta por "el pueblo". La Marsellesa, el himno de Rouget de Lisle (nada que ver con Leconte, por cierto), condensó el espíritu de la Revolución, y cantándola fue como su triunfo y su ejemplo se extendieron por toda Europa. ¡Es un ejemplo de la forma en que, algunas décadas antes, el cantor-poeta todavía guiaba al pueblo! Pero, en la época de la composición de los "Poèmes antiques", es decir, en los años posteriores a la fracasada revolución de 1848, ¿qué papel representa ya el poeta? Ninguno. El romanticismo se ha ensimismado en la contemplación de abstracciones puras. Nadie dedica a la poesía sus mejores momentos del día, las horas en que el intelecto está más despierto; sólo aquéllas en que la fatiga le impide dedicarse a otros asuntos de mayor importancia. La burguesía ha triunfado, y el mercantilismo está en auge: la poesía es un entretenimiento, no una impulsora del cambio. Y si tratara de serlo... no conseguiría nada. La poesía se ha convertido en asunto de unos pocos estetas, que intercambian impresiones y expresiones, basadas en inquietudes muy particulares. Su valor, por lo tanto, está en entredicho: su valor universal, por supuesto, no su valor individual. Y el planteamiento de Leconte de Lisle no podía quedar más claro: si la poesía no puede ser decisiva, que al menos sea perfecta.  

Por tanto, para que la poesía recobre su esplendor, hay que volver a beber de las fuentes clásicas, ellas sí, inspiradoras de pueblos y culturas. No en vano, Leconte de Lisle fue el traductor y el difusor incansable de Homero, Sófocles, Eurípides, y de tantos otros autores griegos. Poemas épicos de larga extensión volverán a brotar de la pluma de este estudioso paciente y perseverante, preocupado por emular de la mejor manera lo que se consideraba la cima de la creación poética universal, sin contaminarse de ningún juicio o criterio extemporáneo. De hecho, Gautier dijo de él que era "más griego que los propios griegos"; o como nosotros diríamos coloquialmente, "más papista que el papa".



Mas este Sumo Pontífice ya hemos dicho que nada tenía que ver con el cristianismo: sería, por voluntad propia, el Sumo Pontífice de la Belleza, de un renacimiento del culto pagano. Según apunta Miguel Ángel Feria en su Antología de la poesía parnasiana: "en su Histoire populaire du Christianisme, el poeta recalcaba la nefasta influencia de la religión cristiana y de su iglesia en la historia de la humanidad, pues en su opinión su fanatismo agostó la belleza y la ciencia del mundo clásico, raíces de la cultura occidental". Así pues, no sólo tenemos a un Leconte de Lisle perfeccionista, sino abiertamente anticristiano, crítico con sus dogmas y sus instituciones. Tal vez de ahí venga una parte del desdén con que ha sido tratado por la Historia.

La otra parte tiene su origen en esa especie de clarividencia pesimista que destilan algunos de sus escritos, e incluso su obra entera, sobre el destino y la misión histórica de la poesía. En otro de sus prefacios, atribuye al genio helénico tres cualidades: el orden, la claridad y la armonía. Nadie hasta hoy ha discutido, ni creo que jamás se atreva a poner en duda, que Leconte de Lisle dijo una verdad como un templo -o, para ser más precisos, como un templo griego. El canon estético griego es lo contrario al desorden, la turbiedad y la disarmonía. Y la cultura occidental se formó a partir de ese canon. De lo que se desprende que toda obra de arte que se distancie del canon griego, se distancia asimismo de la cultura occidental: en suma, deja de ser lícito considerarla como parte de la cultura occidental. 

Y he ahí lo que no se le perdona a Leconte de Lisle: que haya hecho patente a los poetas nacidos en Occidente que han dejado de formar parte de la cultura occidental. Serán otra cosa, lo que quieran, lo que más les plazca; pero no poetas, en el mismo plano que lo fueron Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare, Ronsard, Schiller... Es evidente que, hoy en día, se escribe poesía. Pero, honradamente, ¿existen lectores occidentales de poesía? ¿Quién lee poesía en Occidente actualmente? ¿Quién?


Una última mención: ¿adivinan dónde está el busto honorífico a Leconte de Lisle en París? En Montparnasse...


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