viernes, 25 de noviembre de 2016

El precursor Louis Ménard


Si hay un adjetivo que pueda condensar la polifacética carrera de Louis Ménard es precisamente ése: precursor. Precursor indiscutible de cuantos se propusieron trastocar la vida artística de Francia a mediados del siglo XIX, merced a su curiosidad por descubrir las formas de cuanto está velado y a su tozudez por rebasar los límites de cuanto nos está vedado.
Su juventud ya nos plantea una contradicción, desde el primer momento en que se empiezan a enumerar sus vivencias: ¿es un hombre de acción o un hombre reflexivo, un político o un científico? Su participación en complejos experimentos de laboratorio, de suerte que se le considera el descubridor de una sustancia química -el colodión, de múltiples aplicaciones tanto en cirugía como en fotografía-, nos inclina a pensar en esto último. Sin embargo, el hecho de haber estado involucrado en los movimientos revolucionarios de 1848, publicando panfletos subversivos que le valieron una orden de detención y le forzaron a exiliarse de Francia durante algunos años, nos lo vuelve a situar en la primera tesitura.




Pero lo cierto es que, si nos ceñimos a la actividad puramente artística de Ménard, también hallaremos profundas contradicciones. Por una parte, sus allegados atestiguaron que profesaba una viva admiración por las obras maestras de los grandes románticos europeos, sobre todo, Lord Byron y Víctor Hugo; así como por Shakespeare. Pero por otra, no se puede negar la profunda influencia que sobre la configuración de la estética del parnasianismo tuvieron sus estudios mitológicos e históricos, reflejados en un buen número de libros sobre las religiones de la Antigüedad. En especial, Leconte de Lisle, el gran referente de los poetas parnasianos que venían a trastocar el orden “romántico” en literatura, se empapó completamente de su concepción y ensalzamiento de la Grecia clásica. Mas, ¿no resulta también sugerente averiguar que Baudelaire no sólo había sido su compañero de clase y amigo íntimo, sino que además se inició por mediación suya en el "Club des Haschischins" -en el conocimiento de esos “paraísos artificiales” que tanto caracterizaron su obra y sus reflexiones?




¿Cómo? ¿Un mismo hombre condujo de la mano a Leconte de Lisle, el Sumo Sacerdote de la Belleza, el parnasiano “épico” por excelencia; y también a Baudelaire, el Heraldo de la Belleza, el introductor de Poe en Europa y el indiscutible antecesor de los simbolistas? 
Ya sólo esta asombrosa coincidencia debería servir para suscitarnos una enorme curiosidad por averiguar más cosas acerca de este peculiar humanista moderno y de su manera de pensar.


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