lunes, 28 de noviembre de 2016

El parnasiano entusiasta


Al igual que sucede en el caso de Ménard, al aristocrático Louis-Xavier de Ricard le hallaremos más ocupado en teorizar y dirigir a otros que en versificar. De hecho, sus poemas son obras precoces y se reúnen en un par de libros, el más influyente de los cuales fue “Ciel, rue et foyer”-publicado en 1866, el mismo año en que, junto a Catulle Mèndes y Alphonse Lemerre, fundara “Le Parnasse contemporain”.



Vástago de un general francés, Ricard vivió una juventud opulenta, y desde el principio se decantó por dedicarse al activismo político, dirigiendo él mismo o colaborando en publicaciones periódicas. De ideología revolucionaria y anticlerical, en años sucesivos desarrollaría una intensa actividad periodística siguiendo los únicos dictados de su capricho… sin perjuicio de la constante interdicción de sus iniciativas por la estricta censura impuesta por el régimen reaccionario de Napoleón III. Así, con veinte años, el diario fundado por él mismo -“La revue du progres”, para el que escriben numerosos socialistas y ateos, e incluso un Verlaine principiante-, es clausurado a instancias de las denuncias presentadas por la curia católica francesa; y en el proceso subsiguiente, a Ricard se le condena a prisión y a pagar una cuantiosa multa, por injurias a la moral y a las buenas costumbres (aunque sólo cumplirá tres de los ocho meses que dicta la sentencia).
Lejos de sentirse cohibido o aleccionado tras aquella amarga experiencia, el perseverante Ricard decidió aprovechar, tras la salida de la cárcel, las numerosas muestras de afecto de sus amigos y compañeros para organizar un salón literario, en cuyas reuniones germinaría, en el plano artístico, el futuro movimiento parnasiano. Cuando Verlaine rememoró más tarde las veladas de Ricard, le describió “lleno de tanta vivacidad como de cordialidad, yendo de un grupo a otro, discutiendo con ardor de estética y de revolución, del soneto y del federalismo, pero siempre con plena convicción” de sus opiniones. Esta clase de hombres entusiastas y abnegados, pese a no llegar nunca a rozar la genialidad, se erigen en impulsores inestimables de aquellos otros que, contando efectivamente con ese don, se desenvuelven de manera demasiado torpe y corren el riesgo de pasar desapercibidos en medio de una sociedad bulliciosa y frenética. Y ahí se encuentra su mayor mérito: en su buen criterio y su habilidad para descubrir al genio, y en su fortaleza para defenderlo a capa y espada de cuantos detractores se opongan a su éxito.
Bien es cierto que su papel en el parnasianismo no fue más allá de las primeras etapas. Tras los sucesos de 1871, su activismo político y su estrecha vinculación con la recién derrotada Comuna, le obligaron a exiliarse a Suiza. Jamás regresaría a París. Después de una corta estancia en Sudamérica, se afincaría finalmente en Montpellier (sus antepasados procedían de la región de Languedoc), para participar activamente en el resurgir del idioma occitano capitaneado por Frédéric Mistral.



No obstante, entre sus largas tiradas de versos (en los que existe una cierta reiteración de temas y de rimas), moldeados a la manera épica de Leconte de Lisle, pueden hallarse algunas valiosas joyas que no merecerían caer en el olvido y que he decidido traducir para su divulgación en este blog. 


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