viernes, 28 de octubre de 2016

El Aristócrata Maldito

Tras los pasos de Poe y de Baudelaire, en la literatura finisecular (del siglo XIX) hallamos un tercer nombre, a menudo asociado a los albores del simbolismo, pero también convertido en todo un emblema del decadentismo más beligerante y exacerbado. Se trata del Conde Villiers De L'Isle Adam. En la biografía de Villiers hallamos el paradigma de un estilo de vida que, en la era del Imperio de la Burguesía, ya no se sostenía de ningún modo. 



Imagínese a un joven de veinte años, vástago de uno de los más rancios linajes de la nobleza francesa, los Villiers De L’Isle-Adam, cuyo representante más afamado, Philippe, fue Gran Maestre de la Orden Cruzada de los Hospitalarios en el siglo XVI, y consiguió resistir en Rodas a la armada del hombre más poderoso de la tierra, el sultán Solimán El Magnífico; un joven criado en Bretaña, aquel trasnochado rincón de Francia donde tan sencillo puede resultar petrificar la aureola de gloria de un pasado remoto, y entregarse a la vana ilusión de su naturaleza imperecedera; un joven de buenos modales, de vasta cultura, sensible, que llena su tiempo leyendo, escribiendo, tocando el piano, paseando, alternando… como buen dandy bohemio; y que tiene a su disposición un lujoso apartamento en la Rue Saint-Honoré de París, ciudad mundana y rebosante de distracciones. Allí, se codea con la flor y nata de la sociedad; allí, luce su genio, investido con el prestigio de su estirpe, para hacer y deshacer a su antojo.

Mas toda esta pompa y circunstancia que rodea a nuestro cachorro de sangre azul se esfuma como por arte de magia, no más la anciana tía abuela de Bretaña -que con sus riquezas la sostiene- fallece sin apenas dejar herencia. A continuación, ocurre con Villiers justamente lo contrario que con el príncipe Segismundo de "La vida es sueño" (Calderón, poco recomendable para escenificar hechos reales): forzado por las circunstancias a ganarse el sustento como cualquier hijo de vecino, se lo gana mal y tarde, incapaz de sobrevivir en el despiadado campo de batalla burgués, donde el dinero es el único objeto digno de la devoción y las preocupaciones de los hombres.

Antaño, en los buenos tiempos, Villiers se había entregado al culto de la belleza, en el que había sido iniciado por Baudelaire, y que había compartido con Mallarmé -su gran amigo, hasta el final-. La asiduidad en sus visitas a casa del ya respetable crítico de arte Théophile Gautier, le había llevado a enamorarse de una de sus hijas, Estelle, más o menos por la misma época en que Catulle Mèndes pretendía a otra de ellas, Judith. A diferencia de la última pareja, cuyo matrimonio sí llegó a consumarse, Villiers encontró una redoblada oposición -no sólo por parte del que sería su suegro, sino aún más feroz en el seno de su propia familia, absurdamente elitista-; no obstante, la pareja Catulle-Judith, tal vez por empatía, lo adoptó como amistad estrecha y lo incorporó a su círculo de amistades. Al igual que ellos, Villiers era un ferviente admirador de Wagner, al que había conocido en París; y esa amistad fue la que abrió al grupo las puertas de su casa en Alemania. Se dio la paradoja de que, por aquel entonces, y todavía con recursos, Villiers se hallaba volcado en la creación dramática, escribiendo obras teatrales de carácter metafísico y casi místico, muy alejadas del gusto vodevilesco del público francés -y, por tanto, con escaso éxito en París. Sin embargo, animado por Wagner, accedió a declamar una de sus obras de atmósfera trascendental en el transcurso de una audición pianística de Franz Liszt -suegro de Wagner-; conjuntándose tan maravillosamente la música y el texto, que el éxito de la velada resonó durante mucho tiempo en Alemania. ¡Cuán diferente el destino vital del conde Villiers, si entonces hubiera accedido a naturalizarse en el lugar donde su talento era tan bien recibido!

Más tarde, tras la caída, aferrado a su última posesión -el honor, o mejor dicho, el apellido-, sólo a duras penas se sentía capaz de hacer concesiones a la dura realidad para ganar una hora más de existencia miserable. Reducido a la pobreza extrema, el noble que había pretendido la mano de algunas de las más famosas beldades parisinas, acabó emparejando con una humilde viuda poco agraciada, y sólo en su lecho de muerte accedió a reconocer su vínculo con ella para no perjudicar a su único hijo... bastardo y desnutrido. Acuciado por la necesidad, accedió a volcar su inspiración excepcional en la redacción de pequeños cuentos, que luego eran publicados en periódicos o revistas, a cambio de unas pocas monedas; las cuales apenas le servían para comprar la tinta y el papel en que habría de escribir las próximas entregas... sobre el mugriento suelo de su húmeda buhardilla en la Rue des Martires -subrayo la ironía, así como el hecho de que Villiers era un católico ferviente hasta la médula-, ya que carecía de mesa. Dicho lo anterior, no hace falta entrar en conjeturas sobre qué es lo que estuvo comiendo durante esos años de privaciones -si es que comía-, para que acabara falleciendo a los cincuenta años... a causa de un cáncer de estómago.

Por todo lo anterior, y muy justamente, Verlaine incluyó al desafortunado Villiers -junto a su colega Mallarmé- entre los parias del famoso panfleto titulado "Los poetas malditos". La razón: "porque, a pesar de que su nombre está destinado a la más honda resonancia en la posteridad, no es lo suficientemente glorioso en estos tiempos que debieran estar a sus pies."

Pero el acto de justicia decisivo en su vida, que permitió que su obra no cayera en el olvido y produjera una amplia resonancia entre las generaciones venideras, fue la apasionada recomendación hecha por Huysmans en el capítulo XIV de "À rebours" -novela que se consideró manual básico de pensamiento y conducta de todo buen decadentista-. Allí se dice: "Les contes cruels" (de Villiers), un volumen de cuentos de talento indiscutible, en el que también se hallaba "Vera", un relato que Des Esseintes (el protagonista) consideraba una obrita maestra.

Hoy en día, los estudiosos consideran que el propósito fundamental de Villiers, el Aristócrata Maldito, fue vengarse mediante sus cuentos de aquella sociedad burguesa que había dado la espalda al idealismo de sus dramas. Por eso, sobre todo, es por lo que se le ha recordado. Él había ofrecido al mundo sus visiones sublimes... y el mundo las había ignorado. Justo lo mismo que le había ocurrido a Poe, y a Baudelaire, y a su amigo Mallarmé. 

Y la misma extrañeza con que "los más" habían acogido sus mensajes, había nacido en el corazón de "los menos" -con respecto a esos valores que aquéllos preferían a los suyos-. Esta "contra-extrañeza", esta reacción despectiva que cristaliza en el decadentismo y que, de nuevo, Huysmans refleja en el último y profundamente nihilista capítulo de "Á rebours" (que se debe traducir como "a contracorriente", no "a contrapelo"), conduce a una postura inequívoca. "¿Acaso no se había tenido que marginar y excluir él mismo?", "¿dónde, cuándo, debía rebuscar hasta encontrar un espíritu gemelo?", dice, literal y sucesivamente Huysmans, refiriéndose a su personaje. Casi al final, aclara: "Se trataba de la gran prisión de la sociedad norteamericana, transplantada al viejo continente: todo quedaba bajo la inmensa grosería del financiero y del nuevo rico, resplandeciendo como un sol abyecto sobre la ciudad idólatra que, tumbada boca abajo, se regodeaba eyaculando impuros cánticos de alabanza ante el impío tabernáculo del DINERO, custodiado por los bancos." No puede haber equívoco alguno: el virginiano Edgar Allan Poe, el primero en reaccionar contra el norteamericanismo de su tiempo, fue un precursor casi forzoso. ¿Por qué? Porque en su tierra había surgido, antes que en parte alguna, el culto al dinero, que iba a extenderse después al resto del mundo.  

Parnasianos, simbolistas, decadentistas: separados por nimias diferencias, sin embargo, todos lanzarían unánimemente la misma exclamación de náusea que profirió Des Esseintes. "¡Derrúmbate, pues, sociedad! ¡Muérete ya, viejo y asqueroso mundo!" Y, sin embargo, a estas alturas, lejos de derrumbarse, ese mundo repugnante sigue extendiéndose sin descanso, tratando de trasplantarse hasta el último rincón del planeta.



Naturalmente, tanto Villiers como Huysmans -como Poe y Baudelaire, cada cual a su manera-, eran creyentes cristianos. Creían en el recién defenestrado dios de los católicos, y su alegato a favor de la belleza estaba inevitablemente sazonado por la añoranza de los privilegios perdidos por éste. ¡Ah, sí, los sacerdotes de Apolo conocemos bien ese regusto amargo del exilio, que en los últimos siglos les ha tocado el turno de probar a los sacerdotes de Cristo! A éstos, los nuevos obispos de las Finanzas, los nuevos pontífices de la Plutocracia, les están dando la misma medicina que ellos les dieron a nuestros antecesores hace mil quinientos años. Por eso alabamos, en lo que vale, la honorable pero ingenua reacción de los decadentistas católicos; y en especial, del desaventurado Villiers, que tuvo el valor de llevar su defensa de lo bello hasta las últimas consecuencias... hasta la muerte. Pues él escribía por placer. 
¡Por Apolo, qué buen vasallo -si tuviera buen "Señor"-...!


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