lunes, 19 de septiembre de 2016

El inclasificable Catulle Mendès

Como este blog tiene por objeto desvelar, para el lector de habla hispana, una época de la literatura francesa hasta ahora sorprendentemente descuidada y desatendida, no va a centrarse en los autores más accesibles, cuyas rimas están ya disponibles en numerosas ediciones y traducciones, como ocurre en los casos de Verlaine o Baudelaire.

En días anteriores, he tratado someramente de introducir el parnasianismo, seleccionando algunas obras de sus fundadores (Gautier, Baudelaire, Lisle y Banville) y de sus últimos cultivadores (en "el pico de la mesa", destacando a Verlaine). Luego, quizás de manera demasiado extensa, he expuesto mis pensamientos acerca de la descomunal deuda que tiene este movimiento artístico con el que considero "el Profeta de la Belleza": Edgar Allan Poe. 

A partir de esta entrada, sin embargo, voy a dar comienzo a un recorrido minucioso y paciente por las obras de los parnasianos más notorios de la década de los 60 (del siglo XIX). El objetivo es presentar, cada mes, a tres o cuatro escritores, traduciendo algunas de sus rimas. ¡Quiera Apolo que pueda haber concluido mi propósito dentro del año en curso!

He elegido para abrir esta serie al inclasificable e infatigable Catulle Mendès, más por criterios biográficos que estéticos. 





La importancia que tuvo la ardiente y precoz vocación literaria de este joven bordelés para el devenir del movimiento parnasiano nunca podrá ser justamente valorada. Sobre todo, porque a su dinamismo y vitalidad innatos, se unió la afortunada circunstancia de provenir de una familia de ricos banqueros. Un joven provinciano, con los bolsillos repletos y un espíritu lleno de curiosidad -lo de su ascendencia judía y española es lo de menos. Resulta indudable que, si poseía carácter y talento, hallara en el ambiente parisino su hábitat natural.  


De manera que, con veinte años, le encontramos como editor de su propia revista, la "Revue fantasiste", y además muy bien relacionado tanto con el stablishment cultural (el que mueve los hilos) como con los literatos que empiezan a despuntar en ese momento. Mendès no tardará también en probar suerte con la pluma: en 1863 publica su primer libro de poesía, integrado por tres colecciones independientes: "Philoméla", "Sonnets" y "Panteleïa".

En esta primera obra se revela ya como un consumado artista; hasta tal punto, que -como ocurre también con tantos otros autores- no sólo le servirá para hacerse un renombre, sino que el efecto producido por estas rimas será el más duradero e influyente en sus contemporáneos. Nada más y nada menos que el gran Paul Verlaine admitió, en una carta de 13 de septiembre de 1892 dirigida a Mendès para acusar el recibo de un ejemplar de sus poesías completas, que "Philoméla" había sido uno de sus amores de juventud (amores "estéticos", se sobreentiende), y que tenía un sentido aprecio por el resto de su producción. Téngase en cuenta que Mendès publicó su primicia en 1863, y que la primera edición de los "Poèmes saturnelles" de Verlaine data de 1866, sólo tres años más tarde. En esta última, una de las secciones está dedicada a Mendès, la titulada "Paisajes tristes". Añadamos a esto que Philoméla, en griego, significa "la que ama la música": y la particular virtud de Verlaine fue siempre crear una poesía esencialmente musical.

La razón de esta irrupción exitosa se halla en las aptitudes emuladoras del autor y en el carácter multiforme de su primer libro. Con "Philoméla", por primera vez pueden encontrarse representados y conciliados en un solo volumen todos los estilos personales de los cuatro fundadores del parnasianismo: a Lisle -"Marmorea"-, a Banville -"Les ingénus"-, a Baudelaire -con un "Spleen" mendesiano-, y a Gautier -en la bizarrerie de temáticas y localizaciones. No es de extrañar, pues, que tanto Verlaine como otros jóvenes aspirantes a rimadores, se sientan atraídos hacia este compendio estilistico que, infaliblemente, ha de reverberar como un reclamo para sus diferentes gustos y tendencias. Con esta primera tentativa, se descubren el carácter de Mendès y la faceta fundamental que va a desempeñar dentro del movimiento parnasiano.

Así, como señala Miguel Ángel Feria en su "Antología de la poesía parnasiana": "ecléctico en su empeño de permanecer siempre en vanguardia, dejó una obra inabarcable y poliédrica en la que fue todos para ser él mismo". En total, unas ciento cincuenta obras. La curiosidad de este infatigable creador le hacía cambiar de estilo una y otra vez, lo que impide trazar una semblanza característica de su credo estético. Simplemente, lo adaptaba al gusto del momento. 

Este eclecticismo le vino que ni pintado para erigirse en moderador de buena parte de los cenáculos parnasianos que se reunían en aquel tiempo; pues cuando cada cual habla un idioma estético distinto -incluso dentro de unos principios y fines comunes, cada autor conserva siempre una personalidad marcada y una integridad irrenunciable-, sólo aquél capaz de identificarse con todas las perspectivas puede conciliarlos a todos y conjurar el entendimiento sereno y cordial. Éste es uno de los rasgos más notorios del parnasianismo, curiosamente, apenas considerado hasta hace poco entre los estudiosos: lo bien avenidos que estuvieron todos durante mucho tiempo, en comparación con otras escuelas -que, por esta sola razón, ya sólo merecerían menos que el parnasianismo el derecho a considerarse como tales. Y en este punto, Mendès tuvo un papel crucial: a él se le debe la iniciativa de poner en común las creaciones de unos y otros en una serie de descomunales antologías, el famoso "Parnasse contemporain" editado por Lemerre, que dio nombre a su escuela -si bien, parece que la idea del título no fue precisamente de Mendès, al fin y al cabo. Más aún: consideraba este proyecto tan suyo, que escribió "La leyenda del Parnaso contemporáneo", convirtiéndose en historiador además de instigador.

Pero, como dije al comienzo, quizá la parte más notable de su obra fuera su propia vida.

Mendès no dejó nunca de fomentar las letras, divulgando sus obras y las de sus camaradas parnasianos, ganándose la vida gracias a su profesión liberal, y gozando además de la amplia herencia de sus antepasados burgueses, que le permitió vivir holgadamente. Sus contactos en la alta sociedad atrajeron a muchos interesados, y no sería de extrañar que buena parte de las alabanzas que recibió en vida -y que dejó de recibir, automáticamente, pocos años después de su muerte- fueran fruto de un simple "peloteo". 

Por el contrario, las "atracciones" de Mendès denotan una intensa propensión a la sensualidad: nada más llegar a París, entabló una estrecha amistad con Théophile Gautier, un pintor con palabras, el Paladín de la Belleza. La asiduidad con que trataba a su familia, le permitió conocer a su bella hija y acabar enamorándola cuando era todavía una joven inexperta: se trataba de Judith Gautier, que llegaría también a ser una famosa escritora de temática oriental -en parte por genética, y en parte por el apoyo sin ambages de su esposo. Durante esta época, Mendès y señora se rindieron a la magia de la nueva música wagneriana que estaba embrujando a Alemania entera y también a media Europa. En adelante, ambos se convertirían en asiduos oyentes de "El anillo de los Nibelungos" en Bayreuth, y contribuirían decisivamente a su posterior divulgación en Francia. No obstante, tres años después de haberlo contraído, su matrimonio precoz acabaría en divorcio. Aunque Mendès encontró muy pronto consuelo a sus penas, uniéndose a una bella -y también acaudalada- joven pelirroja, de ascendencia irlandesa: la compositora Augusta Holmès. Mendès y Holmès tuvieron cinco hijos, pero tampoco duró eternamente su idilio. Nuestro autor aún habría de unirse en su madurez a una tercera beldad, la poetisa Jeanne Nette... ¡25 años más joven que él!

¿No es una vida como ésta la que ambicionarían muchos hombres? Afortunado en los negocios, afortunado en la creación literaria, afortunado en el amor, afortunado en la amistad... Sólo su muerte fue terrible, mas ¿no representa sólo un suspiro insensible de fatalidad, en medio de una larga existencia de éxitos y sensualidades?

El desfavorable juicio sobre la obra de Mendès... ¿no parece contener, allá donde se analiza, aunque sólo sea una pequeña gota de amarga envidia?





Ya he dicho hasta aquí lo que quería destacar de este autor injustamente olvidado hoy en día; si bien, no hace mucho que una persona lo ha rescatado para los lectores de habla hispana -al menos, una parte considerable de su producción en prosa-: se trata de José Manuel Ramos González. Es el autor de una traducción, publicada en 2013 por la Editorial Ardicia, de los cuentos de Catulle Mendès que forman parte del volumen "Monstruos parisinos". Además, ha creado un par de blogs de referencia obligada para todo aquel que quiera conocer a fondo su personalidad y su obra.

¡Que las bendiciones y el favor de Apolo sean con él!
  

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